Tierra Santa
Marzo 26th, 2010 | No Comments
“Todos los que te vieron proclaman por todo el mundo el recuerdo de tus abundantes fragancias que van a hablar, por los confines de la tierra, a cuantos no te han visto, y pregonar la magnificencia de tu gloria y de las maravillas que se hacen en ti. ¡Qué pregón tan hermoso para ti, ciudad de Dios! Pero ahora digamos nosotros también alguna cosa de estas grandes delicias de que gozas en honor y gloria de tu nombre.” San Bernardo.
Tierra Santa comprende siete naciones: Palestina-Israel, Jordania, Siria, Líbano, Egipto, Chipre, y la Isla de Rodas en Grecia. Y cada uno de estos lugares está lleno de episodios que atraen a millares de peregrinos desde hace siglos, incluso con riesgo de su propia vida.
Y serán justamente esos peregrinos, millares anónimos, que marcarán la existencia real de cada Santo Lugar, nos darán a conocer su ubicación, nos contarán su historia, y por lo tanto, la verdad y autenticidad de lo que ahí sucedió.

Lugar en donde se celebró la Ultima Cena
Hay quienes en nuestros días, pleno siglo XXI, levantan dudas sobre dicha autenticidad de lo que encontramos en Tierra Santa, lo digo por experiencia propia, de conversaciones incluso con sacerdotes, religiosas, o estudiantes, los cuales comentaban que muchos de sus profesores llegaron a decirles que los Santos Lugares son un tema ultrapasado ya que los posibles sitios en que vivió Jesús están a más de doce metros de profundidad, que cuándo abriríamos los ojos, y cosas por el estilo, pero ellos fallan muchas veces por la falta de conocimiento: ya sea de la Escritura; ya sea de lo que significa encontrar monumentos tan antiguos; ya sea por desconocer la transmisión de la tradición a lo largo de los milenios; pero por lo general, duele decirlo, es por falta de fe.
Si alguien le dijera que en el siglo VIII o XIII importantes personalidades afirmasen ser falso el Santo Sepulcro, y en pleno siglo XXI voces de grandes estudiosos sustentasen que es verdadero. ¿A quién daría más atención?
Pues bien como introducción a estas recordaciones de Tierra Santa daremos a continuación la mayor demostración que, a lo largo de los siglos, testifican en favor de cada Santo Lugar: los relatos de incontables peregrinos que lo han dejado para la historia.
Los Apóstoles son los primeros, pues escribieron con su propia sangre la verdad de lo que enseñaron, vieron y vivieron junto a Nuestro Divino Salvador, y que está consignado en las páginas de los Santos Evangelios.
El historiador judío Flavio Josefo, que acompañó a partir del año 68 d. C. a las Legiones Romanas, comandadas por el General y futuro Emperador Tito Flavio, deja de manera imparcial muchos de estos acontecimientos descriptos en su libro “La Guerra de los Judíos”.
Existen más de 15 itinerarios de Tierra Santa anteriores a las Cruzadas, y uno de ellos remonta al año 333.
Pero retrocedamos un poco más.
Por creer en las profecías de Nuestro Señor sobre la destrucción de Jerusalén, antes de la llegada de Tito Flavio, en el año 70 d.C., los primeros cristianos se trasladaron a Pella, de la Decápolis, guiados por su obispo San Simeón, junto con la jerarquía eclesiástica, los fieles y quince prelados. Y por eso no sufrieron las consecuencias de tal calamidad. Nadie haría un traslado de bienes, familias y abandonaría lo que considera la cuna de su fe así por que si sin razones serias. Tan sólo 33 años separan la destrucción de Jerusalén de la muerte del Divino Salvador en el Gólgota. Por lo tanto, los recuerdos están muy frescos y los testigos de su vida y milagros todavía vivían en un número considerable.
Por una de las puertas de Jerusalén se calcula, según Tácito, que pasaron más de 155.000 cadáveres. Murieron en la ciudad de Jerusalén, un millón cien mil judíos y otros 238.460 en el resto de Judea. Tito Flavio indignado con la resistencia que encontró hizo pasar el arado sobre las ruinas de gran parte de la ciudad; pero vendría alguien que intentaría hacer desaparecer totalmente la memoria no sólo del pueblo judío, sobretodo del cristianismo.
Ese personaje fue el emperador Adriano, que deseoso de borrar toda marca de la existencia de Cristo, hizo rellenar en el 135 d. C. el Calvario con tierra y edificó un templo a Júpiter sobre el Santo Sepulcro, un templo a Venus sobre el Gólgota y un templo a Adonis sobre la gruta de Belén. Y justamente por eso preservó y marcó, sin quererlo, la exactitud de la localización de esos tres importantes lugares Santos.
Después de los evangelios, el testimonio más antiguo del nacimiento de Jesús nos lo da el filósofo y mártir San Justino, hacia la mitad del siglo II. Posteriormente Orígenes, en el siglo III, nos dejará otra descripción de Belén, siendo por eso los primeros en detallarnos lo que ahí encontraron.
En el 160 llega a Palestina, desde Lydia en Asia Menor, San Melitón, Obispo de Sardes, quién posteriormente muere martirizado en Cerdeña, durante la persecución de Marco Antonio, en el año 175. Viajó a Jerusalén para informarse de la tradición eclesiástica y escribió más de veinte obras de los más variados temas como por ejemplo el primer canon cristiano del Antiguo Testamento.
El año 212 vino de Capadocia a Jerusalén San Alejandro, quien quedó como obispo de la misma ciudad y funda una gran biblioteca cristiana en la que Eusebio encontraría los datos para su Historia Eclesiástica, en la cuál cita muchas de las cartas de San Alejandro, quien murió en prisión en Cesarea durante la persecución de Decio en el año 250.
El nombre de Santos Lugares se lo debemos a Orígenes quién entre los años 231 a 235 estuvo ahí en busca de los vestigios de Jesús, de sus discípulos y de los Profetas. Según San Jerónimo, Orígenes escribió más de 600 obras muchas de las cuales tratan sobre los Evangelios y Tierra Santa.
El emperador Constantino y su madre Santa Helena ocupan un lugar de destaque en estos acontecimientos. En el 326 la madre del Emperador encuentra la Santa Cruz que impactó a todo el mundo cristiano. Ahí nace la época de las grandes basílicas construidas por la generosidad del Emperador y dirigidas por Santa Helena. Digamos que es el testimonio “escrito” de los monumentos.

Jerusalén fue conocida también como la ciudad de David.
Fue célebre el itinerario escrito del llamado Peregrino de Burgos en el 333.
En el 350 otros grandes personajes aparecen como San Jerónimo y sus crónicas, escritas principalmente en Belén, en donde se encontró la mayor parte de su obra; San Hilario, quien compuso unos salmos y comentarios al Evangelio de San Mateo; San Basilio el Grande, el cuál tiene una gran producción literaria, entre temas dogmáticos, ascéticos, pedagógicos y litúrgicos. Sus cartas y orientaciones tuvieron un influjo decisivo en la vida monástica de Oriente Medio; también San Simón Estilita, quien escribió muchas cartas a reyes, emperadores y obispos; o San Gregorio Nacianceno, hermano de San Basilio y que fue un gran teólogo, escritor y poeta, contando con más de 243 cartas, 45 sermones y 407 poemas dogmáticos y morales.
Ahí estuvieron Santa Paula y su hija Eustoquia, como peregrinas ilustres, recorriendo Egipto, Belén, Nazaret, Jerusalén. Fundan monasterios en Belén y Olivete.
El obispo San Alipio, compañero de San Agustín, llegó a viajar a Oriente para resolver ciertas dificultades, y ahí convivió con san Jerónimo.
En el año 374 fija su residencia en Jerusalén la gran dama romana Santa Melania. Levantó un monasterio en el Monte Olivete. San Jerónimo fue su apologista peleándose más tarde por lo que la borró de su crónica.
Otra peregrina destacada es Egeria, o Eteria, quien estuvo en los Santos Lugares entre los años 381 al 384. En 1887 apareció un manuscrito en Italia con toda la narración de la peregrina española. Fue una verdadera periodista, describiendo con fina percepción femenina los sitios en donde Jesús vivió. Llegó hasta Sinaí, Egipto, Edesa, Antioquia, Constantinopla y terminó su peregrinación en Éfeso.

En Galilea vivió Nuestro Divino Salvador la mayor parte de su vida.
Las propias cartas de San Jerónimo, quién muere en Belén el 30 de septiembre del 419, recorren todo Occidente. En su carta XLVII se lee: “Es como un aparte de la fe rendir adoración allí donde se posaron los pies del Señor, lo mismo que buscar las pisadas recientes aún de la Natividad, la Cruz y la Pasión”.
Y como dijimos al comienzo, no todo ha sido flores y tranquilas peregrinaciones. La emperatriz Eudosia, viajó con gran pompa a los Santos Lugares. Edificó la Basílica de San Esteban, restauró las murallas de la Ciudad Santa, fundó varias Iglesias y hospederías. Tuvo la desgracia de ser ella y sus dos hijas hechas prisioneras por los vándalos. Una de sus hijas fue obligada a casarse con el arriano Genserico, del cual huyó y se refugió en Jerusalén, donde murió en el año 472.
El Emperador Carlomagno realizó una fina política que suavizó las difíciles condiciones de vida de los cristianos de Palestina. Para ello envió nueve embajadas a Bagdad en solo diez años, del 797 al 808. El Patriarca de Jerusalén envió al emperador del Sacro Imperio, como agradecimiento por su ayuda y preocupación, las llaves del Santo Sepulcro y del Calvario en un estandarte.
No podemos olvidar a San Luis Rey de Francia y a San Francisco de Asís que también ahí estuvieron. Más tarde otro santo, San Ignacio de Loyola, recorrió la tierra prometida.

Desierto de Judea, uno de los caminos desde Jericó a Jerusalén.
Ese número incontable de hombres y mujeres ilustres dejaron para la posteridad el testimonio elocuente y veraz de sus observaciones, en cartas y crónicas que son posibles pesquisar hoy en día en bibliotecas.